miércoles, febrero 25, 2009

La paja y el adiós

Nunca le puse la mano encima ni a mi hija ni a mis nietos, jamás maté a un inocente, sólo una vez robé pero fue por amor y me entregué a la policía sin dudar carcomido por la cristiana culpa que mis padres me inculcaron. Soy, como siempre digo, un hombre de bien. Soy fiel, buen amante y solidario. Si me pedís una oreja te la doy, soy gamba, si me decís que necesitas trescientos mangos cash, los junto. No te los voy a pedir en el momento, pero te lo voy a pedir porque “Cuentas claras conservan la amistad” y porque trescientos mangos, hoy por hoy, es la mitad de mi pensión y garpo dos servicios del depto. Me mudé a un depto, dejé Cabo Polonio. Lo digo sin preámbulos porque las decisiones se toman de un tirón. Esa es la verdad, esa es mi verdad.
Hoy, ahora mismo, estoy viendo porno de travestis en un portal web especialmente dedicado al tema. ¿Me gustan los travestis? No. ¿Me gusta el porno? No. ¿Me gusta el porno de travestis? No. Pero ¿Me estoy haciendo una paja a todo volumen con los calzones por los tobillos? Si. Soy franco, no doy vueltas. Así como te digo una cosa te digo la otra. Hace tres años fuimos con dos amigos a un cabaret de la zona de Caballito. Me tomé un té con limón porque andaba mal del estómago y me miraba los zapatos porque tenía 18 pesos en el bolsillo y no podía costear el servicio profesional que una puta del lugar podía ofertarme de un momento a otro. Se acercó, a eso de las 4 de la mañana, un travesti pintón que, borracho y entrado en confianza, se presentó como Walter. Pegamos buena onda. Era uruguayo y había hecho la colimba con un amigo del secundario de mi hija Sandra. Quiso sacar el tema fútbol pero le aclaré que no estaba muy al tanto. Charlamos de todo, una cosa llevó a la otra y terminamos enredados en un telo garchando sin preservativo. La pasamos como el orto y quedamos en no hablar del asunto entre nosotros ni con nadie más. Al día siguiente se lo conté a mi hija llorando, no hablamos nunca más y me dijo que no iba a volver a ver a mis nietos. Le dije que no podía quitarme lo que mas amaba en la vida, me preguntó si hablaba de los travestis y le dije que era una cínica, que con mis nietos no, que ella podía odiarme pero que era un abuelo de primera, que no se mandara una cagada porque las cagadas pueden ser una daga en el corazón. Estuve medio melodrama pero me salí con la mía. Pasaron los años y acá estoy. Pensar en todo esto me da cuenta que el cerebro funciona de las maneras más complejas de las que uno, o un científico, que son los que más saben del tema, puede imaginar. Odio a los travestis, no por Walter, ojo, que es un tipo fenomenal, sino porque me parecen re vulgares y sucios. Prueba de ello da que una vez llamamos a uno y cuando llegó a casa le quitamos la ropa y lo cagamos a trompadas o lo matamos, ni me acuerdo. Karam lo meó, lo agarró, lo puso en medio de una ronda y lo meó. Fue un exceso, pero como Karam siempre estaba en el molde lo dejamos “Está contento” dijo Bornell y me puso una cara de gordo comprensivo que no pude decir nada. Ahora ¿Este odio que tiene que ver con esta paja? Porque la verdad es que me acabo de llenar el ombligo de leche y no puedo caer de mi asombro.


RECUERDO BIEN GUARDADO: Un garche fallido puede convertirse en una amistad incondicional o en un olvido sepultado. En el caso de Walter, primero fue lo primero y después lo segundo. Le fallé como persona cuando, teniendo a su vieja muy jodida, me borré del mapa y cambié el número de celular.