miércoles, junio 24, 2009

Revelación



Me levanto de la cama y tengo 71 años y el pito todo arrugado. Pelos blancos en el pito, pocos pelos blancos rodeando el pito y los huevos. No sé que soñé pero sé que estoy cansado como si tuviera a otro tipo arriba mío. Tengo a otro tipo arriba mío, es Rocco Dipp que se quedó a dormir en casa y me coge una gamba entresueños. Lo saco como puedo, sin ser agresivo y lo cubro con una frazada, me da asco verlo. Voy a tener que quemar esa frazada después. Camino tres pasitos hasta el vestidor, la cabeza me da vueltas, ya no puedo volver a dormir pero tampoco quiero estar despierto. Es una dicotomía que me deprime, pero más me deprime tener los huevos marchitos, la certeza de que ya no voy a ser una estrella de rock y Rocco Dipp llenándome las sabanas de olor a mugre. Creo que esta rutinita de mirarme al espejo en bolas y hacerme la película de que me emboco un tiro ya fue. Trato de hacerme un café, tomarme un Migral y encarar el día. No tengo idea cuando perdí el rumbo. Una jauría de perros me seguía por una colina cuesta abajo, era joven, mis piernas resistían y de repente el embate de las fieras sobre mi lomo arañándome las costillas primero y arrancándome con furia las tripas después. Me retuerzo de dolor pero se que es un sueño. Lo recuerdo, acabo de recordarlo, es el mismo sueño que tuve en mi juventud. Tirado en el barro, desangrándome, escucho un pitido que me ensordece para dejar solo silencio. Ahora una voz, el cielo rojo y unas palabras claras que se escriben en el aire a medida que las escucho. Tu destino no es la guerra sino el combate cotidiano, salva a los nobles, tus armas son la elegancia y el corazón. Y se va la voz y el rojo del cielo. Mis tripas están intactas, no hay perros, no hay fango pero tengo el torso desnudo y la verga al taco. Treinta años atrás ese sueño sonaba a premonición a mandato y yo deponía a mi cargo de Capitán ganándome el odio de la Armada Imperial de Munster, Pensilvania. Yo iba a dedicarme, lo había decidido, al arte con minúsculas. Iba a luchar por los pedorros, por los olvidados, por los chotos. Destinaría toda mi fortuna y mi tezón a encontrar aquellas porongas olvidadas por la historia del arte. No iba a ser fácil lo sabía, pero el espíritu de uno de mis mejores hombres, el Teniente Bornell, me hacía creer que las causas imposibles eran contrario a lo que se pensaba, posibles. Bornell tenía razón por primera vez en su vida y había marcado la mía a fuego. Pero ese tezón, esa lucha tan clara que emprendí contra el mundo hoy ya no existe. Revuelvo casi sin saber los cajones de la pieza, tiro todo lo que encuentro sobre el piso y la cama. Estoy ciego, enardecido. Creo que Rocco se levantó a hacer pis pero me chupa un huevo. Que no manche nada, pienso, pero nunca paro de meter las manos en los cajones, sacar papeles, carpetas y adornos. Tiro todo, rompo todo. Ciego. Un papel arrugado. Rocco que se cae al piso y se rompe la trompa. Estoy hecho concham dice. ¡Callate falopero de mierda! Me zarpo. No responde, está nocaut. Yo también. Tengo un papel en la mano pero no puedo verlo con claridad. Entrecierro los ojos, lo acerco a mi cara y ahí lo veo, me veo. Es un retrato inmundo, hermoso, fiel y perfecto. Se me revienta la verga, los huevos bien llenos, es una obra de Piero Pierini, ¡Es arte!