miércoles, agosto 04, 2010

Carlos me guía: acción & suspense

Estar acostado acá, en esta alfombra tejida, con el culo en una almohadita “made in manos mapuches”, mirando un móvil hecho de ramas pintaditas con anilina, los tambores a los costados, el olor a sahumerio, contando mis problemas a este tipo, me hace sentir un logi. Este tipo es Carlos, mi astrólogo. Mientras hablo, talla una madera y tararea una canción africana. Te escucho, te escucho, repite. Y yo me quiero borrar del mapa. Pero más le cuento mi vida y más me saca la ficha. Me siento desnudo, le digo, te abrí el corazón. Carlos sugiere, no sin razón, que si estuviéramos desnudos de verdad, más que abrir el corazón nos estaríamos abriendo el culo. Yo me río y él también, pero algo de lo que dice me llega hondo y lo interpreto como una proposición de corte homo erótico. Me desabotono el primer botón del bachino que me regaló Lulú en mi último cumple y que mis amigos insisten, me queda re mal. Carlos me mira, yo busco su aprobación y me hace así con la cabeza. Así es no. Vuelvo sobre mis pasos y sigo con el inventario de mi ruina. ¿Me puedo sacar los zapatos aunque sea? No tenés 10 años, me dice. Abrite, dame el magma. Carlos es lanzado, joven, 58 pirulos bien puestos, piel bronceada, chiva candado y un desprejuicio para vestir que un poco me repugna y un poco le envidio. Tiene sandalias y una flor en el pelo. Pero no una flor cualquiera, un girasol. Una parte de mí se encuentra es suspenso, expectante, vacía de definiciones claras. Revisito mis elecciones y no puedo afirmarme en nada. ¿Te gusta la flor? pregunta. No sé, no sé, le digo. Y me pongo a llorar. Le cuento que lloro todo el tiempo, que desde que lo conozco lloro todo el tiempo. ¿Y antes? Antes cada dos días, tranqui. Me apoya la mano en el hombro, me dice que es normal y me hace bien. Carlos me hace bien. Terminamos la sesión, me seco las lágrimas y me abrigo. Nos despedimos en la puerta y el frio de la calle me paraliza. Siento que no puedo volver a casa así y me quedo sentado en las escaleras de un edificio de enfrente. Tuve suerte de encontrarlo, de iniciar esta búsqueda. Miro las almas en pena, inconscientes, ignorantes de su condición y me siento un pasito adelante. No conocen a Carlos, a mi guía. Pasa una hora y ni me doy cuenta, pero lo veo salir. Camina ligero y, no sé porque, lo sigo. Ya no lleva la túnica, tiene jean y camisa. De la flor, ni noticias. Camina rápido, sabe dónde va. Mantengo una distancia de 6 metros que a veces se acorta porque tengo patas largas. Son las 9 de la noche y siento que estoy loco, que si Carlos se da vuelta se va a enojar para siempre, pero no puedo parar. Hasta que él para, saca del bolsillo unas llaves y se mete a una Meriva. Vidrios polarizados, llantas de competición. Arranca como un loco y me mando un pique hasta el primer semáforo donde pasa un taxi. Siga a ese auto, digo y el taxista se ríe. Le pongo un roscaso en la nuca, me bajo para subirme al volante y el tipo me mira, se ríe, me grita viejo manteca y pone primera. Por suerte pasa otro taxi y enseguida estoy detrás de la camioneta de Carlos. Llegamos al Bajo Flores y Carlos se mete en un garaje medio tumbero. Le deja las llaves a un boliviano que lo saluda con un beso y camina hasta un edificio. Yo estoy temblando, no entiendo nada y la panza me hace un ruido que parece un pedo interno pero que tiene más que ver con el miedo. Carlos toca timbre, mientras espera saca unos Derby, y se pone uno en la boca como si fuera James Dean. No alcanzo a articular ni una idea cuando una mujer le abre la puerta. Curvilinea, la vida hizo estragos con sus carnes y hace tiempo que nadie la mira por linda. Tiene un camisón turquesa, una bombacha que se desdibuja en la entrepierna y las tetas al viento. Pezones horribles. En la mano, un fajito de billetes. Agudizo la vista: dos de veinte y uno de cincuenta. Noventa pesitos, nada mal. Carlos agarra la plata y en el mismo movimiento, con la otra mano, le corre el pelo y le besa el cuello. La mujer le acaricia la verga por arriba del pantalón y luego tomándolo de la camisa lo mete adentro del departamento. Yo no entiendo nada, tengo el pito parado y estoy lleno de dudas.

DUPLA MATADORA: en la sesión, mano a mano, somos una dupla matadora, los reyes de la retórica y más. Cuando termina, me corta el mambo como loco y me hace sentir un stranger.

7 comentarios:

veronika dijo...

¿Continuará?
Por favor!!

Anónimo dijo...

je.

Martín Pato dijo...

una vida envidiable! salut!

EL SOBRINO DE OSCAR GRILLO dijo...

que suspenso.
de mi tio saben algo?

Perito dijo...

JAJAJA, me cagué de risa

Anónimo dijo...

Tanto que aprender...

Anónimo dijo...

Master, que te absorbe el tiempo